Almodóvar y el “prejuiciometro”
“Y fue ahí cuando dije ¡Guacala! Te lo juro me quería salir, y no es que la película fuera mala, realmente es muy buena; me gustó mucho la idea pero el giro me dio mucho asco. Descubrir que (…)”.
Así comenzó un amigo a relatarme su experiencia con La piel que habito, la más reciente película de Pedro Almodóvar. Mientras seguía escuchando un despliegue de aversiones con un alto nivel de prejuicios, me venía a la mente la idea de que Almodóvar bien puede declararse triunfador en ese apartado, independientemente si era o no su intención (yo me atrevería a decir que sí), me refiero al de provocar morbo culposo. Con esta película, encasillada en un genero muy curioso al que muchos gustan llamar “no el mejor trabajo del director pero sí superior a cualquier otra vesche comercial del momento” el español proyecta una historia donde las obsesiones son magnificadas y llevadas al limite, a un punto donde el prejuicio punza como picadura de abeja. Las películas de Almodóvar son una gran forma de medir la cantidad de prejuicios que lleva una persona, y eso es fácil de detectar con sutiles detalles como las risas de incomodidad, los gestos de desagrado, los sordos pero bien repetidos “Ay Dios mío”, los “qué mamada es esa”, los “no mames”; de hecho, si uno logra poner la suficiente atención, casi es posible escuchar el sonido del viento cortándose por la rapidez con la que los creyentes se persignan (ok tal vez estoy exagerando). Pero lo interesante está en el hecho de que la gente sigue yendo a ver lo nuevo de Almodóvar, se repite así mismo su rezo exprés de confianza y sin embargo se queda ahí para satisfacer su lado morboso, para ser testigo de algo que no está acostumbrada por la enorme represión de emociones que lleva encima pero que Almodóvar, con gran destreza, se los grita en cada escena: somos humanos, con pasiones, con secretos, con perversiones, ni buenos, ni malos, humanos nada más.
La película nos presenta a Robert Ledgard (Antonio Banderas con una interpretación sorpresivamente buena, por supuesto es gracias a Almodóvar) un cirujano plástico cuya obsesión radica en su más reciente experimento, una joven llamada Vera (Elena Anaya) que posee algo más que una piel perfecta. La historia aunque predecible y tomando el gastado pero efectivo ‘Complejo de Dios’ como referencia resulta entretenida, la producción es buena, en el sentido técnico está bien realizada. En mi opinión, su apartado más cuestionable es el conglomerado de géneros que el director intenta desarrollar sin mucho éxito; en ocasiones se presenta un drama, otras intenta ser un thriller, y hasta unos estrepitosos violines intentan llegar de la mano con el terror. Existen momentos introspectivos que pretenden revelar cierta psicología de personajes pero sin mucho éxito ya que Almodóvar se esforzó mucho más en darle cabida a varios géneros y hacerlos funcionar de forma alternada, tanto así que sus personajes no parecen tener una carga emocional tan compleja como los que habitualmente presenta en sus trabajos.
Bastante entretenida sí, en efecto es la película menos complicada del director pero aun así es recomendable, muy interesante como indicador de moralinos. Tal vez sea idea mía pero los trailers contienen una dosis alta de spoilers y sin ser muy perspicaz, es fácil darse cuenta del giro que toma la trama, evítenlos si aun no han visto la película y están interesados.






