De cortometrajes y cuestiones personales
A pesar de que este trabajo no represente calificación alguna y sea más un requisito extra que una forma de evaluar; probablemente se trate de uno de los proyectos más reflexivos en el que me haya visto envuelto. El cortometraje.
Comencé hace casi un mes con mi equipo habitual de trabajo a pensar en una idea que pudiera expresarse de forma simple pero sobre todo apegada a nuestro propio contexto. Uno de los tips más importantes que recibí de mi profesor de Apreciación Cinematográfica, quizá el mejor para comenzar con dicha tarea, fue el de retratar un problema que nos aqueje a esta edad, no tiene caso inventarse historias de las que ni siquiera hemos sido parte o que muy remotamente viviremos; se trata de eso, reflejar lo vivido, lo que ocurre ahora. Eso se supone facilitaría el comienzo.
La idea final no me convenció del todo pero ¿qué más podría retratar? Pensaba en mucho otros problemas que me aquejan actualmente pero no encontraba como darles un sentido sin caer en el cliché de la reflexión forzada. Moisés (aka Chico Torta) por ejemplo pensaba que (y lo citaré) “cada problema que tenemos no es más que la aflicción cualquiera de un chamaco cagón”. Todos querían reflejar una historia vivida pero con el temor de que esto se volviera autobiográfico, no es que nuestros problemas no sean importantes, pero si uno se pone a pensar (minuciosamente), no es nada que uno no pueda superar haciendo exactamente lo que hacemos a diario: vivir.
Concluimos entonces que, la historia podría ser precisamente acerca de lo tonto que resulta el inventarse problemas, lo difícil sería realizarlo sin la típica apariencia de moraleja. Tristemente, abandonamos esa vertiente cuando nos dimos cuenta que el tiempo que faltaba para la entrega y la carente producción que teníamos de respaldo no nos permitirían realizar algo remotamente decente con esa idea. Lo gracioso es que ese cambio tan radical se dio tan sólo en una charla de autobús. La trama se volcó finalmente en el desmantelamiento de un arquetipo muy popular todavía a nuestra edad, el macho alfa (si, fue ‘clicheresco’ al final y traicionamos el precepto inicial pero nos confortó saber que podríamos contarlo a nuestro modo, qué ilusos).
Durante las grabaciones, veía repetidamente las escenas y me preguntaba por qué el concepto parecía no tener un sentido concreto, independientemente de los problemas de una producción precaria, de la condición amateur de nuestros actores, o de las locaciones tan conflictivas, no veía reflejado nada interesante ahí, no había propuesta, estábamos trabajando en un proyecto sin alma, quisiera culpar al síndrome pre-vacacional que nos invadió durante ese tiempo, pero ni así podría excusar todas las faltas cometidas, sólo hay una respuesta para todo lo acontecido, cada vez se hace más evidente.
Me queda claro que no tengo ni el talento ni la visión minima para contar una historia utilizando el lenguaje cinematográfico, sé cuales son la herramientas porque las he estudiado, sé los movimientos, las interpretaciones y dirección que debe llevar; sin embargo, hay una diferencia abismal entre conocer cada aspecto que conforma ese despliegue anecdótico y utilizar cada herramienta para crear uno propio. Y bueno… ¡carajo! cómo cuesta admitirlo.






POR ALGUNA EXTRAÑA RAZON, AUN ASI ES ALGO QUE QUISIERA VER
¡Por fin!